Con ocasión de celebrarse el 20 Aniversario de la Convención de las Naciones Unidas sobre los derechos del Niño, quiero hacer llegar mi saludo cercano a todos los niños y niñas del Perú, lo mismo que a sus padres y a todas las personas e instituciones que se dedican a su cuidado y a la promoción de sus derechos.
Esta fecha es propicia para recordar el valor supremo de la vida humana, que desde la concepción está llamada a desarrollarse en lo mejor que le podamos ofrecer, desde una familia sólidamente constituida, para que desde la infancia pueda generar los valores y los recursos personales que le permita ser feliz y persona de bien en la sociedad.
Nos congratulamos por los avances que sobre el reconocimiento de los derechos del Niño se ha dado en la normativa internacional y sobretodo porque con ella se busca ofrecer a la niñez una protección especial por parte de la familia, del Estado y de la sociedad.
Sin embargo, considero oportuno recordar las difíciles situaciones y el riesgo al que todavía están sometidos muchos niños, incluso desde el seno de sus madres, a causa de la promoción del aborto, la manipulación genética, la desintegración familiar, el trabajo y la explotación infantil, el maltrato y el abuso sexual, entre otras amenazas que atentan contra su dignidad de personas y de hijos de Dios. Todas estas situaciones no se pueden aceptar e invoco a comprometerse a trabajar intensamente para que sean sustituidas por el bien y la justicia a favor de la niñez.
Los Obispos de América Latina en Aparecida hemos subrayado que “la niñez, hoy en día, debe ser destinataria de una acción prioritaria de la Iglesia, de la Familia y de las instituciones del Estado, tanto por las posibilidades que ofrece como por la vulnerabilidad a la que se encuentra expuesta”.
Hago una invocación para que, desde el respeto a la dignidad de todo niño y niña, se generen en las instituciones públicas y privadas, compromisos concretos que ayuden a consolidar la familia como célula básica de la sociedad, se les provea de la salud y educación conveniente y así les ofrezcamos un futuro pleno de alegría y esperanza.
A todos los niños y niñas y a las personas que dan su vida y trabajan por ellos, les deseo abundantes bendiciones del Señor y de Nuestra Madre Santísima.
Esta fecha es propicia para recordar el valor supremo de la vida humana, que desde la concepción está llamada a desarrollarse en lo mejor que le podamos ofrecer, desde una familia sólidamente constituida, para que desde la infancia pueda generar los valores y los recursos personales que le permita ser feliz y persona de bien en la sociedad.
Nos congratulamos por los avances que sobre el reconocimiento de los derechos del Niño se ha dado en la normativa internacional y sobretodo porque con ella se busca ofrecer a la niñez una protección especial por parte de la familia, del Estado y de la sociedad.
Sin embargo, considero oportuno recordar las difíciles situaciones y el riesgo al que todavía están sometidos muchos niños, incluso desde el seno de sus madres, a causa de la promoción del aborto, la manipulación genética, la desintegración familiar, el trabajo y la explotación infantil, el maltrato y el abuso sexual, entre otras amenazas que atentan contra su dignidad de personas y de hijos de Dios. Todas estas situaciones no se pueden aceptar e invoco a comprometerse a trabajar intensamente para que sean sustituidas por el bien y la justicia a favor de la niñez.
Los Obispos de América Latina en Aparecida hemos subrayado que “la niñez, hoy en día, debe ser destinataria de una acción prioritaria de la Iglesia, de la Familia y de las instituciones del Estado, tanto por las posibilidades que ofrece como por la vulnerabilidad a la que se encuentra expuesta”.
Hago una invocación para que, desde el respeto a la dignidad de todo niño y niña, se generen en las instituciones públicas y privadas, compromisos concretos que ayuden a consolidar la familia como célula básica de la sociedad, se les provea de la salud y educación conveniente y así les ofrezcamos un futuro pleno de alegría y esperanza.
A todos los niños y niñas y a las personas que dan su vida y trabajan por ellos, les deseo abundantes bendiciones del Señor y de Nuestra Madre Santísima.











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