
Por: Nivardo Córdova Salinas
nivardo2@yahoo.com
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Odiar con ternura. Acaso este es el derrotero existencial y literario del Carlos Becerra Popuche (Chiclayo, 1971) una de las voces más importantes de la nueva poesía en Lambayeque.
Desde la aparición a principios del siglo pasado en París del poemario “Anunciación” de JoséEufemio Lora y Lora –seguida de su temprana y trágica muerte en la ciudad luz-, Chiclayo ha parido otras cúspides líricas: desde “Con sabor a mamey” de Juan José Lora Olivares hasta la inmolación y santidad callejera de Juan Ramírez Ruiz (su libro “Un par de vueltas por la realidad” es la partida bautismal del movimiento “Hora Zero”), sin mencionar a la singular tradición de decimistas de Zaña y la obra prolífica de autores como Alfonso Tello Marchena, Carlos Ramírez Soto o Mariana Llano, actualmente en España. La lista es más amplia.
A este cauce se suma el poeta Becerra, cuya obra “completa” recién aparece en forma de libro. Paradójicamente, la literatura de la ciudad de Chiclayo –injustamente- fue siempre relegada a un segundo plano en las antologías nacionales. De hecho, la tradición y la actividad cultural en esta ciudad son impresionantes, aún sin contar con un “calendario” anual de eventos. La poesía no es la excepción, y de ello dan cuenta los novísimos poetas como Ana Miranda Salazar (“Autofobia”), Stanley Vega (“Inútil inventario”), Ernesto Zumarán (“Los templos ausentes”), Alejandro Noblecilla, Laly Pereyra o Alex Cieza.
La tradición literaria chiclayana –de altas cumbres- tiene en Carlos Becerra uno de sus mejores exponentes. La reciente aparición de su poemario “Ojos contra la arena” (Fuga en Lila Editores, Chiclayo, 2OO6) salda una vieja deuda con la persistencia silenciosa de una obra que recoge, en lo social, lo más característico del alma chiclayana: cierta ingenuidad y efervescencia, antisolemnidad, ausencia de protocolos y formalismos, alegría desbordante, frescura e hilaridad. Sin embargo, Becerra inyecta, con su estilo, aquellos motivos eternos de la poesía universal: el amor, la muerte, la soledad, aportando una voz propia con su poesía.
Becerra fue un poeta precoz. De la declamación escolar de los versos inmortales de Vallejo en las aulas del centenario Colegio Nacional San José (el “sanjo”, donde estudió primaria con el poeta Stanley Vega) pasa inmediatamente a plasmar sus primeras metáforas. Empieza a escribir en la pubertad y tempranamente obtiene el reconocimiento “oficial” en varios certámenes nacionales. Uno de ellos fue una mención honrosa en el concurso “Poeta Joven del Perú” el año 1999, organizado por la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, dirigida por el poeta Marco Antonio Corcuera. Tal premio alguna vez consagró a poetas de la talla de Javier Heraud, Luis Hernández y José Watanabe. Otros lauros fueron suyos en el “Premio Lundero” y varios Juegos Florales en la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Por si acaso, el poeta Becerra reniega de este pasado y ha escondido sus medallas bajo tierra.
Hay que decirlo así: el silencio de la crítica, la indiferencia de los medios de prensa, el desconcierto de los lectores, o talvez la envidia –ese mal tal peruano- fueron la cortina de humo tras la que permaneció escondida la poesía de Becerra.
Los versos de Becerra se mueven a cien kilómetros por hora, pasan de la solemnidad al coloquialismo. Él se ríe de la muerte y de la vida, pero llora intensamente, le duele toda la imperfección del mundo. Ama y sufre, se refugia en los sueños, odia la hipocresía social, reniega del pasado y el futuro, busca adrede lo imperfecto, la fealdad. Añora la belleza perdida. Se mira compasivamente, amenaza con claudicar.
Becerra quiere vivir, pero reconoce que hay algo que va muriendo a cada segundo. Entonces vuelve a reír y llorar, y ridiculiza la poesía, la baja de su pedestal, la enrolla dentro de un papel de fumar, la encienda y la tira al tacho. Recoge sus cenizas y las arroja al mar. Se desnuda y hunde su rostro en la orilla. Quiere vivir eternamente, tal como cada uno de todos los hombres y mujeres de este mundo. Se refugia en la infancia. Quiere retornar al útero materno:
“Mamá odia las horas cuando muero deshidratado / por el miedo de los días / en los que el sol vomita mi imagen / como un gran espejo amarillo / …/ mamá cree que estoy vivo / porque tomamos el yantar juntos / no sabe que la muerte ha jugado su rol invisible / una mañana llena de luna / cuando el sol / vomitaba mi sangre” (“A mamá en el último minuto”)
Si hubiese que buscar un pariente cercano de Becerra, en el estilo y la temática, en la actitud lúdica, bien podríamos emparentarlo con el poeta trujillano Lizardo Cruzado, poeta precoz en su momento –a inicios de los noventa- autor de “Este es mi cuerpo” y amigo personal de Becerra.
Becerra insiste en alejarse de este mundo y opta por el exilio. Su despedida lírica reboza cinismo: “En la última carta que les envié / olvidé decirles adiós / ruego decirles que me perdonen / aprovecho estas líneas / para decirles adiós / ADIÓS / Vuestro títere” (“Extensa y aburrida carta a todos”).
El poeta cumplió su promesa de irse. Actualmente radica en Puerto Ordaz, Venezuela, desde donde seguramente sigue escuchando los lejanos estertores de Chiclayo y su municipalidad en llamas, el griterío de la avenida Balta, los vendedores de tortitas de choclo y cebiche de caballa salada. Años atrás, compartimos con Becerra largas caminatas nocturnas por las angostas calles empedradas de la urbe, deambulando por la esquina de 7 de Enero y San José, o mirando el río en las orillas de Callanca o el mar de Pimentel.
En una ocasión, retornando de aquellos mágicos parajes, intempestivamente el poeta se puso a llorar como un niño. Me sentí desconcertado. Ahora, al leer la poesía de Becerra comprendo que esas lágrimas poseían un significado más trascendente. “Ojos contra la arena” es el mejor testimonio de ese sufrimiento.
Desde la aparición a principios del siglo pasado en París del poemario “Anunciación” de JoséEufemio Lora y Lora –seguida de su temprana y trágica muerte en la ciudad luz-, Chiclayo ha parido otras cúspides líricas: desde “Con sabor a mamey” de Juan José Lora Olivares hasta la inmolación y santidad callejera de Juan Ramírez Ruiz (su libro “Un par de vueltas por la realidad” es la partida bautismal del movimiento “Hora Zero”), sin mencionar a la singular tradición de decimistas de Zaña y la obra prolífica de autores como Alfonso Tello Marchena, Carlos Ramírez Soto o Mariana Llano, actualmente en España. La lista es más amplia.
A este cauce se suma el poeta Becerra, cuya obra “completa” recién aparece en forma de libro. Paradójicamente, la literatura de la ciudad de Chiclayo –injustamente- fue siempre relegada a un segundo plano en las antologías nacionales. De hecho, la tradición y la actividad cultural en esta ciudad son impresionantes, aún sin contar con un “calendario” anual de eventos. La poesía no es la excepción, y de ello dan cuenta los novísimos poetas como Ana Miranda Salazar (“Autofobia”), Stanley Vega (“Inútil inventario”), Ernesto Zumarán (“Los templos ausentes”), Alejandro Noblecilla, Laly Pereyra o Alex Cieza.
La tradición literaria chiclayana –de altas cumbres- tiene en Carlos Becerra uno de sus mejores exponentes. La reciente aparición de su poemario “Ojos contra la arena” (Fuga en Lila Editores, Chiclayo, 2OO6) salda una vieja deuda con la persistencia silenciosa de una obra que recoge, en lo social, lo más característico del alma chiclayana: cierta ingenuidad y efervescencia, antisolemnidad, ausencia de protocolos y formalismos, alegría desbordante, frescura e hilaridad. Sin embargo, Becerra inyecta, con su estilo, aquellos motivos eternos de la poesía universal: el amor, la muerte, la soledad, aportando una voz propia con su poesía.
Becerra fue un poeta precoz. De la declamación escolar de los versos inmortales de Vallejo en las aulas del centenario Colegio Nacional San José (el “sanjo”, donde estudió primaria con el poeta Stanley Vega) pasa inmediatamente a plasmar sus primeras metáforas. Empieza a escribir en la pubertad y tempranamente obtiene el reconocimiento “oficial” en varios certámenes nacionales. Uno de ellos fue una mención honrosa en el concurso “Poeta Joven del Perú” el año 1999, organizado por la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, dirigida por el poeta Marco Antonio Corcuera. Tal premio alguna vez consagró a poetas de la talla de Javier Heraud, Luis Hernández y José Watanabe. Otros lauros fueron suyos en el “Premio Lundero” y varios Juegos Florales en la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Por si acaso, el poeta Becerra reniega de este pasado y ha escondido sus medallas bajo tierra.
Hay que decirlo así: el silencio de la crítica, la indiferencia de los medios de prensa, el desconcierto de los lectores, o talvez la envidia –ese mal tal peruano- fueron la cortina de humo tras la que permaneció escondida la poesía de Becerra.
Los versos de Becerra se mueven a cien kilómetros por hora, pasan de la solemnidad al coloquialismo. Él se ríe de la muerte y de la vida, pero llora intensamente, le duele toda la imperfección del mundo. Ama y sufre, se refugia en los sueños, odia la hipocresía social, reniega del pasado y el futuro, busca adrede lo imperfecto, la fealdad. Añora la belleza perdida. Se mira compasivamente, amenaza con claudicar.
Becerra quiere vivir, pero reconoce que hay algo que va muriendo a cada segundo. Entonces vuelve a reír y llorar, y ridiculiza la poesía, la baja de su pedestal, la enrolla dentro de un papel de fumar, la encienda y la tira al tacho. Recoge sus cenizas y las arroja al mar. Se desnuda y hunde su rostro en la orilla. Quiere vivir eternamente, tal como cada uno de todos los hombres y mujeres de este mundo. Se refugia en la infancia. Quiere retornar al útero materno:
“Mamá odia las horas cuando muero deshidratado / por el miedo de los días / en los que el sol vomita mi imagen / como un gran espejo amarillo / …/ mamá cree que estoy vivo / porque tomamos el yantar juntos / no sabe que la muerte ha jugado su rol invisible / una mañana llena de luna / cuando el sol / vomitaba mi sangre” (“A mamá en el último minuto”)
Si hubiese que buscar un pariente cercano de Becerra, en el estilo y la temática, en la actitud lúdica, bien podríamos emparentarlo con el poeta trujillano Lizardo Cruzado, poeta precoz en su momento –a inicios de los noventa- autor de “Este es mi cuerpo” y amigo personal de Becerra.
Becerra insiste en alejarse de este mundo y opta por el exilio. Su despedida lírica reboza cinismo: “En la última carta que les envié / olvidé decirles adiós / ruego decirles que me perdonen / aprovecho estas líneas / para decirles adiós / ADIÓS / Vuestro títere” (“Extensa y aburrida carta a todos”).
El poeta cumplió su promesa de irse. Actualmente radica en Puerto Ordaz, Venezuela, desde donde seguramente sigue escuchando los lejanos estertores de Chiclayo y su municipalidad en llamas, el griterío de la avenida Balta, los vendedores de tortitas de choclo y cebiche de caballa salada. Años atrás, compartimos con Becerra largas caminatas nocturnas por las angostas calles empedradas de la urbe, deambulando por la esquina de 7 de Enero y San José, o mirando el río en las orillas de Callanca o el mar de Pimentel.
En una ocasión, retornando de aquellos mágicos parajes, intempestivamente el poeta se puso a llorar como un niño. Me sentí desconcertado. Ahora, al leer la poesía de Becerra comprendo que esas lágrimas poseían un significado más trascendente. “Ojos contra la arena” es el mejor testimonio de ese sufrimiento.











